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El vergel del edén en la isla norte de Nueva Zelanda

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Huyo despavorido de una manada de orcos que se aproximan hacia mí con sus tambores de guerra. No quiero mirar hacia atrás, y sin embargo, a día de hoy, lo hago constantemente. No sé muy bien si por miedo a ser aplastado por el ejército de esos seres verdosos, sin ningún canon de belleza conocido, o es debido a que el tiempo gira y gira en un bucle de nostalgia, miedo, felicidad y tristeza; mezclando la realidad que concibo, enlazando el pasado, presente y futuro en una única y delgada línea de alambre. Como aprendiz de funambulista he ido estudiando los libros de magia, aquéllos que explican cómo moverse entre infinitos mundos sin tropiezos. La realidad es tan sencilla que asusta, tan incómoda que gusta. Y nos gusta por la incertidumbre del mañana, porque creemos ser amos y señores de nuestro futuro, cuando lo cierto es que no somos capaces ni de controlar los pensamientos de nuestros sueños.

Corriendo por Nueva Zelanda

En Nueva Zelanda bastaba con dejarse perder por los inquebrantables páramos del sosiego. Daba igual ir en busca de aventura, amistad o trabajo, el follaje verde siempre reinaba en el horizonte.

Si bien la búsqueda de la cueva del conocimiento se antojaba sugerente, la comprensible tierra fértil de su reino construía el paisaje a nuestro paso. Acabarían con el excedente persa en breve, tendiendo alfombras verdes hasta rellenar el decorado de exteriores. Mochila a cuestas, nos obligaban a ir conjuntados con la naturaleza en busca de una respuesta que no llegaba. Y no lo hacía por la simple razón de que sus vergüenzas la dominaban. Allá arriba, en lo alto de la torre del castillo, bajo los fieros barrotes de su incertidumbre.

Buscando cuevas en Nueva Zelanda

El paraíso no entiende de colores, ni de sabores. No tiene por qué molestarse en calcular los segundos que transcurren desde que nace hasta que agoniza, acuchillada, en una oscura calle sin salida. Da igual si existe o desaparece, su legado perdura en nuestra imaginación agarrado firmemente con piolets que asimos con ambas manos desde la espesura que nos brinda el día a día. Nos gustaría estar allí pero estamos aquí. Aquí estamos porque el paraíso es un castillo de naipes con un alto índice de siniestralidad debido a su colapso y posterior derrumbe. Aquí estamos porque nos es imposible mantener la velocidad de rotación de su eje. No somos astros y aunque lo fuéramos, nuestra curva evolutiva no encajaría con su engranaje. Debemos aceptarlo, si de veras queremos alquilar una casita, de las de vallas blancas, en el vergel del edén, más nos vale romper con lo que un día fue y hoy en día no es.

El paraíso está hoy aquí contigo. Al lado de ella. No seas tan estúpido de dejarla marchar; tus piernas pueden no ser lo suficientemente livianas como para alcanzarla.

En Cómo ser un kiwi | Ngaroto lake, pequeño track para disfrutar

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