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Dunedin y Peninsula de Otago

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Después de haber varado por lugares inhóspitos y deshabitados le llega el turno de nuevo a la civilización, más concretamente a la capital de Otago, Dunedin. Descendiente de escoceses (Dunedin significa Edimburgo en Gaélico) es una ciudad que conserva la mayoría de sus costumbres y su parentesco a la isla británica se palpa en muchas de sus construcciones, iglesias principalmente. El epicentro de la ciudad lo podemos encontrar en el Octagon, una plaza que ya en el año 1846 cumplía ese papel. Alrededor suya se alza la iglesia de St. Paul bajo la atenta mirada de una estatua de bronce del poeta escocés Robert Burns, quien tampoco descuida sus inquietudes al tener al lado el art museum (merece la pena adentrarse en sus galerías).

La distancia entre los monumentos es corta por lo que es posible visitar la ciudad en un día sin fatigarnos teniendo incluso tiempo para estirar las piernas. Los edificios de Dunedin chocan con lo visto anteriormente en las otras ciudades, pudiendo asemejarlo a construcciones de un centro histórico europeo. Las imágenes que os muestro a continuación corresponden a la iglesia de St. Joseph´s y al Boy´s High School. Sin duda sorprenderá al viajero, que como en mi caso, no ha visto nada que se le parezca en toda la isla sur de Nueva Zelanda viajando en el espacio hasta una ciudad escocesa.

La estación de ferrocarril es la obra cumbre en Dunedin. Inaugurada en 1906 y de estilo renacentista flamenco, fue diseñada por el arquitecto neozelandés George Troup. Sus jardines son cuidados con sumo mimo y dan la bienvenida a todo aquel que baje por la calle que une la plaza Octagon con la estación, concretamente la Lower Stuart Street.

Los estudiantes son parte fundamental de la ciudad y gracias a su universidad podemos ver cómo los jóvenes se hacen con el control del centro de Dunedin en su ir y venir diario. Las facultades se encuentran dentro de hermosos edificios de piedra y su mayor atractivo, tanto para alumnos como para curiosos, son sus jardines y su pequeño canal. Quien más, quien menos, ha empleado parte de sus horas lectivas tumbado en la hierba. Aquellas personas son las que entenderán el papel que han jugado en sus vidas y se acercará más al goce que este diminuto Kiwi sintió al deshacerse de sus zapatillas mientras los párpados se le cerraban. Claro que para la foto de rigor había que despertarse y después de unas cuantas volteretas esta fue la mejor cara que pudimos poner.

Antes de dejar definitivamente la capital de Otago para adentrarnos en su península, Baldwin Street podría ser vuestro próximo destino. En ella no hay nada para ver, simplemente es un reclamo turístico por ser la carretera más empinada del mundo según el record guinnes. En coche se puede subir en un momento (si es de los potentes o nuevos al menos) pero la gracia esta en hacerlo a pie aunque tengamos que echarnos al suelo para poder agarrarnos mejor a la pendiente.

Como excursión os recomiendo recorrer en coche toda la península de Otago. Se tarda una hora aproximadamente si vamos directos pero tendremos varias paradas entre medio. En nuestro caso no pudimos llegar a tiempo de ver el Lanarch Castle y dejamos pasar algunas señales de puntos de interés por falta de tiempo. Así que si vais sin prisa podéis estar tranquilamente un día entero viendo todo con detenimiento. El albatros real, con sus más de 3 metros de longitud entre alas, es uno de los mayores reclamos de la península pero al igual que para ver los pingüinos, nos cobrarán por entrar a sus lugares preferidos. Implica gastarse 50-100$ si queremos observar ambas cosas (dado que son visitas guiadas) pero siempre podemos llegar a verlos por nuestra cuenta en otros puntos del camino si se dan las condiciones.

En la punta de la península encontramos el faro llamado Taiaroa Head, un lugar espléndido para ver el amplio mar y alrededores. Es muy cerca de allí, si se es paciente y se tiene suerte, donde podremos ser partícipes de uno de los mejores paseos de toda Nueva Zelanda, al menos para mí.

Os hablo de Pilots beach, una playa a la que llegan los pingüinos azules a nado para después subir torpemente una pequeña colina y acabar en Penguin beach. Esta especie mide poco más de 30 cm y se trata del pingüino más pequeño que existe en toda la Tierra. Se acerca a tierra firme al anochecer (en esta época del año sobre las 20:30) y poder andar con ellos en silencio a menos de 1 metro de distancia nos lleva a pensar muchas cosas. Por un lado pensamos en lo afortunados que somos de contemplar algo tan especial. Por el otro, enseguida invade el deseo de que ninguna empresa extranjera acabe con estos espacios naturales asustando a especies que viven en libertad. En todo el planeta hemos explotado la vida animal como reclamo turístico hasta llegar a extinguir esos espacios vitales por el bien del rancio olor que desprende el señor capital. Mi deseo, cierro los ojos aún sin haber visto una estrella fugaz, es que dejemos de ser tan avariciosos por un objetivo temporal y dejemos que la fauna y flora se vuelvan atemporales.

Apenas 4 días con el grupo checo y el sentimiento de pérdida tras mis hombros. Las despedidas dan mucha pena, sobre todo si se sabe que el reencuentro puede que nunca llegue. Aún así, estas vivencias efímeras dejan amistades que aunque no se puedan forjar delante de un café caliente, siempre podrán estar presentes en el mundo digital, ese mundo en el que tras un simple click un mensaje cargado de emotividad puede recorrer miles de kilómetros sin esfuerzo.

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1 Comentarios

  1. To whom it may concerns,
    I am looking for work, in dunedin so if you have some information to give me I will appreciate it very much.
    Thank you for your time.
    Regards
    Claudia

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