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Akaroa – Pueblo y alrededores para perderse

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A poco más de hora y media de Christchurch, existe una pequeña península, llamada Banks, cuyo epicentro se encuentra en Akaroa. Es un pueblo costero pequeño, acogedor con los viajeros debido a su dependencia, puesto que es un lugar bastante turístico gracias a sus diferentes actividades. La carretera principal que cruza el lugar es lo único llano, para ver el resto del vecindario empiezan a verse cuestas empinadas, adelanto de lo que se podrá disfrutar si escogemos un camino por la colina.

Si nos acercamos hasta aquí desde luego hay que recomendar el hostel en el que me he hospedado: Bon Accord backpackers. Su precio es barato, la entrada a la casa alegra a la vista, dispone de Internet gratis (de modo inalámbrico) y podemos tomar un café en la terraza tranquilamente con tostadas recién hechas. Al contrario que en Christchurch, este hostel es más casero y con menos personas en él. Por lo cual, el bullicio generado en The CountryHouse se diluye a conversaciones bis a bis con los visitantes. Sin duda otra forma de conocer gentes y curiosidades. Ayer tocó Alemania, hoy Suiza.

Otro de los puntos que harán de nuestro hospedaje una delicia, es la libre utilización de bicicletas. Apenas existen dos pero están con total disposición del viajero, que con casco al viento, puede deambular por la bahía del pueblo, haciendo parada en el faro hasta ver morir la carretera con un camión como fiel escudero. Lo bueno del paseo, sobre todo si el sol ilumina nuestro camino, es la posibilidad de compartir ese momento con las aves que revolotean cerca de nosotros sin sentirse amenazadas. Incluso los más atrevidos podrán emular a estas aves lanzándose al helado océano pacífico sin sentir el peso de ningún complemento.

 

Podríamos hablar que las casas de Akaroa se asemejan a las inglesas (con mucho más estilo) o en cierta medida a la pacífica Kame House (para entender esto último indispensable ser de mi generación y por qué no decirlo, con un pequeño toque freak). No obstante, a lo largo de todo el país es imposible no quedarse maravillado con estas construcciones. Teniendo madera como pilares, son casas de espacios abiertos y decoradas de principio a fin con elementos florales, con puertas y ventanas poco herméticas pero un encanto especial. La diferencia entre los chalets a los que estamos acostumbrados y estos edificios es abismal y alguien como yo, contrario a vivir en una casa (tal y como la conocemos en la otra parte del mundo) puede cambiar de opinión en el mismo momento de ver a sus gentes tomando el té en un banco de su porche.

En la parte más cercana a la costa los restaurantes cobran protagonismo, agasajando los aullidos de estómagos vacíos. Diferentes ofertas para paladares heterogeneos se dan cita mientras el silencio reinante nos reconforta después de tantas idas y venidas. De todos modos, entre plato y plato, esa calma puede ser rota por el sonido de las lanchas motoras o de algún barco que tras haber llevado a ver los delfines de la zona vuelve con la sonrisa en las caras de las personas como distintivo.

Así es, Akaroa lo tiene todo para hacernos disfrutar. Desde ver delfines por unos 100 $ neozelandeses, a navegar en canoa con ellos o alcanzar grandes velocidades en lanchas motoras. Podría acabar ahí pero nada más lejos de la realidad. Justo desde aquí nacen unos caminos que nos llevarán por el concejo de Christchurch atravesando las colinas. Las vistas serán impresionantes pero todo a su debido tiempo.

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